ASUNTOS POLÍTICOS: Ofer Winter apuesta a que los israelíes desean un nuevo liderazgo tras el 7 de octubre, mientras que Netanyahu advierte que el nuevo partido podría desperdiciar votos de la derecha y debilitar a su bloque en las próximas elecciones.

Tras el 7 de octubre, y al conocerse la magnitud del horror y el fracaso, un sentimiento se extendió por todo el país: Israel necesitaba una renovación total.
Existía la palpable sensación de que todos los que ocupaban puestos de liderazgo en aquel momento —en la política, el ejército o los servicios de inteligencia— debían ser reemplazados; se necesitaban caras nuevas, libres de la mancha del fracaso, al mando.
Esto se aplicaba no solo a quienes estaban dentro del gobierno, sino también a quienes, fuera de él, contribuyeron a crear un clima tan divisivo y tóxico que los enemigos de Israel creyeron que era el momento perfecto para atacar.
Una frase resume el sentimiento: ¡Que se vayan los vagabundos!
Eso fue entonces.
Ahora, a tan solo dos meses de las elecciones, un vistazo a las listas de los partidos revela que la esperada renovación política nunca se produjo.
Por el contrario, todas las figuras conocidas vuelven a estar al frente de sus respectivos partidos.
El primer ministro Benjamin Netanyahu, quien, como tal, tiene la máxima responsabilidad política por los atentados del 7 de octubre, continúa al frente del Likud. Gadi Eisenkot, quien fue jefe del Estado Mayor de las FDI entre 2015 y 2019, durante los años en que se consolidó la política de contención de Hamás, encabeza Yashar.
Avigdor Liberman, quien ha ocupado altos cargos gubernamentales durante gran parte del último cuarto de siglo, dirige Yisrael Beytenu. Naftali Bennett y Yair Lapid han ocupado puestos de alta responsabilidad en la toma de decisiones durante más de una década.
Esto no significa que todos tengan la misma responsabilidad por los atentados del 7 de octubre. Evidentemente no es así. Pero son figuras veteranas que han participado, en mayor o menor medida, en la formulación de las políticas que han llevado a Israel a la situación actual.
Si bien sus partidos incluyen caras nuevas —sobrevivientes del 7 de octubre, familiares de víctimas, reservistas y líderes de la sociedad civil—, estas personas generalmente aparecen más abajo en las listas. Las figuras conocidas permanecen en los primeros puestos.
Esto no es una victoria aplastante. Al observar las listas, una conclusión es ineludible: muchos de los que estuvieron allí entonces volverán.
El partido Pueblo de Israel de Ofer Winter considera la experiencia como un lastre.
Esta semana surgió una excepción notable: Ofer Winter, el ex general de brigada de las FDI, quien lanzó su partido Pueblo de Israel (POI) en Jerusalén el martes.
Entre los candidatos de Winter se encuentran el activista árabe-israelí de diplomacia pública Yoseph Haddad, quien desempeñó un papel protagónico en la lucha contra la propaganda antiisraelí cuando las instituciones estatales responsables fallaron; Laly Derai, quien se convirtió en una voz pública elocuente y conmovedora después de que su hijo, el sargento de primera clase Saadia Derai, muriera en Gaza; La ex periodista del Canal 13, Netali Shem Tov, residente de Metula evacuada de su casa por un ataque de Hezbolá; y Sigal Kraunik, cuyo esposo, Arik, murió defendiendo el kibutz Be’eri el 7 de octubre.
En la presentación, Derai explicó qué la impulsó a entrar en política. La mañana del 7 de octubre, dijo, una dolorosa verdad se hizo evidente: “Nos habíamos obsesionado tanto con afilar nuestras posiciones unos contra otros que afilamos el lápiz hasta que ya no quedaba lápiz. Y el enemigo lo vio”.
Como era de esperar, la lista fue inmediatamente criticada por la falta de experiencia política y diplomática de sus miembros.
“Habrá quienes digan que nos falta experiencia”, declaró Winter en el lanzamiento del partido. “De acuerdo, ya hemos visto adónde nos ha llevado esa experiencia”.
La experiencia es una baza formidable cuando las cosas van bien. Pero tras el catastrófico ataque sorpresa del 7 de octubre, con la posición internacional de Israel deteriorándose y sus guerras con Hamás, Hezbolá e Irán aún sin resolver, la experiencia puede parecer más una carga que un activo, especialmente cuando se trata de experiencia en la aplicación de políticas fallidas.
Ese es el nicho de Winter. Antes del 7 de octubre, una lista sin figuras políticas conocidas podría haber sido una desventaja. Ahora, sus candidatos pueden decir: “Nosotros no estábamos allí. Nosotros no creamos este desastre. Denos la oportunidad de solucionarlo”.
Las primeras encuestas reflejan tanto el atractivo de Winter como la incertidumbre que rodea a su partido. El Canal 13 situó a POI por debajo del umbral electoral; Walla le otorgó seis escaños y relegó a Smotrich por debajo del umbral; i24NEWS le dio ocho a Winter y cuatro a Smotrich. El rango —de cero a ocho— demuestra que Winter ha introducido un elemento impredecible en la contienda. Y Netanyahu está preocupado.
Winter dejó claro que se posiciona firmemente en la derecha y que desea formar un gobierno de derecha amplio con partidos sionistas. Sin embargo, no mencionó a Netanyahu. No afirmó que Netanyahu fuera su candidato a primer ministro.
Si Winter obtiene ocho escaños, y ni Netanyahu ni el bloque Eisenkot logran formar una coalición, esos escaños podrían ser cruciales. ¿Qué pasaría si Liberman, con sus esperados nueve o diez escaños, se convirtiera en la clave para formar un gobierno de derecha sin Netanyahu? ¿Qué pasaría si Winter condicionara su participación en cualquier futura coalición a que el líder de Yisrael Beytenu se convirtiera en primer ministro?
Este escenario es remoto, pero no inconcebible.
Winter ha mantenido buenas relaciones con Liberman y Bennett durante mucho tiempo. Durante la Operación Margen Protector en Gaza en 2014, tuvo problemas por mantener conversaciones no autorizadas con Bennett, entonces ministro de Economía, sobre la campaña militar. Posteriormente, fue secretario militar de Liberman cuando este era ministro de Defensa.
Cuando Winter fue dado de baja de las FDI en 2024 tras ser repetidamente ignorado para un ascenso, ambos lo defendieron públicamente. Bennett lo calificó como «uno de los mejores comandantes de campo de las FDI», mientras que Liberman afirmó que si Winter hubiera estado al mando del Comando Sur el 7 de octubre, aquella catástrofe no habría ocurrido.
Winter corre el riesgo de perder escaños para el bloque de derecha de Netanyahu.
La preocupación más inmediata de Netanyahu no es a quién podría recomendar Winter como primer ministro, sino el impacto que su candidatura podría tener en el resto del bloque de derecha.
Si Winter no supera el umbral electoral, decenas de miles de votos de la derecha podrían desperdiciarse. Si lo logra, podría arrebatarle suficientes votos a Smotrich como para que el Partido Sionista Religioso quede por debajo del umbral.
En cualquier caso, Netanyahu podría perder escaños de su bloque.
Y Winter no está solo. Los partidos Zehut de Moshe Feiglin y Noam de Avi Maoz también se postulan, y las encuestas están por debajo del umbral. Otros partidos pequeños –Unidad de Gilad Erdan, Israel Primero de Sharren Haskel, Azul y Blanco de Benny Gantz, y Chili Tropper y los Reservistas Nacionales Sionistas de Yoaz Hendel– también están luchando por abrirse paso, aunque provienen de grupos de votantes algo diferentes.
La advertencia de Netanyahu sobre los votos desperdiciados es obviamente interesada. Pero no está inventado. La historia electoral israelí está plagada de partidos que obtuvieron decenas de miles de votos, no lograron cruzar el umbral y alteraron el resultado político.
En un videoclip subido justo antes de que Winter anunciara su nuevo partido, Netanyahu se remonta a 1992 para exponer su punto.
“Permítanme contarles una historia que quizás algunos de ustedes no conozcan”, dijo, sonando como si estuviera contando un cuento antes de dormir.
En esa elección, el Likud, liderado por Yitzhak Shamir, se enfrentó al Partido Laborista de Yitzhak Rabin. Varios partidos pequeños de la derecha del Likud se presentaron de forma independiente y no lograron cruzar lo que entonces era un umbral relativamente bajo del 1,5%.
Tehiya recibió 31.957 votos. Geulat Yisrael recibió 12.851. La Torá Ve’Eretz Yisrael del rabino Moshe Levinger recibió 3.708. Juntos, esos tres partidos obtuvieron 48.516 votos, lo que equivale a dos escaños, potencialmente suficientes para haber permitido a Shamir formar gobierno.
En cambio, Rabin formó el gobierno, lo que condujo al proceso de Oslo y, como lo planteó Netanyahu en su vídeo, “el resto es bien conocido: miles y miles de víctimas”.
El primer ministro, sin embargo, no necesitó retroceder 34 años para dejar claro ese punto. Podría haber parado en abril de 2019.
En esa elección, la Nueva Derecha de Bennett y Ayelet Shaked recibió 138.598 votos, poco más de 1.400 votos menos que el umbral. Zehut de Feiglin obtuvo otros 118.031 votos y tampoco logró ingresar a la Knesset.
Juntos, los dos partidos quemaron más de 256.000 votos, la mayoría de ellos de derecha.
Los partidos alineados con Netanyahu obtuvieron 60 escaños sin Liberman. La negativa de Liberman a unirse a la coalición fue la razón inmediata por la que Netanyahu no pudo formar gobierno. Pero si la Nueva Derecha o Zehut hubieran cruzado el umbral, es casi seguro que la aritmética parlamentaria habría sido diferente y Netanyahu podría haber superado el veto de Liberman.
En cambio, Israel entró en un ciclo de cinco elecciones en menos de cuatro años.
Netanyahu aprendió de esa experiencia.
Durante años, una de sus tácticas electorales favoritas fue canibalizar a los partidos más pequeños de la derecha. En los últimos días de una campaña, advertía que el Likud estaba en peligro de perder e instaba a los votantes de derecha a abandonar los partidos satélites y unirse a él.
La táctica ayudó al Likud a crecer, pero conllevaba un riesgo evidente: atraer a demasiados votantes y que uno de los partidos más pequeños cayera por debajo del umbral electoral, llevándose consigo todos esos votos.
Tras abril de 2019, Netanyahu se posicionó cada vez más no solo como líder del Likud, sino como el artífice de todo el bloque de derecha. Su táctica cambió. En lugar de canibalizar a los partidos más pequeños, los impulsó a fusionarse, negoció listas conjuntas y ofreció incentivos para persuadir a competidores potencialmente peligrosos a retirarse.
Desempeñó un papel fundamental en la organización de las candidaturas conjuntas de Smotrich, Itamar Ben-Gvir y Maoz, asegurándose de que sus votos no se perdieran. En otras ocasiones, utilizó los puestos reservados en la lista del Likud como moneda de cambio para absorber a políticos de partidos más pequeños o fomentar fusiones.
Fue una estrategia eficaz. Pero estaba diseñada para el panorama político anterior al 7 de octubre. La pregunta es si funcionará en el mundo posterior.
Netanyahu vuelve a decirles a los votantes de derecha que deben votar estratégicamente, que no pueden permitirse aventuras políticas y que solo un liderazgo experimentado puede proteger a la derecha de la derrota electoral.
Los nuevos partidos surgen rápidamente en Israel, y a menudo desaparecen con la misma rapidez.
Winter les dice a esos mismos votantes que el liderazgo experimentado es precisamente lo que ha llevado a Israel a su situación actual.
Y ahí radica el conflicto.
Netanyahu puede señalar 1992 y 2019 y advertir sobre las consecuencias de desperdiciar los votos de la derecha. Winter puede señalar el 7 de octubre y preguntarse qué sucede cuando los líderes políticos no están a la altura de la confianza que el público depositó en ellos.
Aún no está claro si Winter podrá convertir ese sentimiento en una fuerza política duradera. Los nuevos partidos surgen rápidamente en Israel y a menudo desaparecen con la misma rapidez.
Su falta de experiencia política podría, a la larga, resultar ser precisamente la desventaja que sus críticos señalan.
Pero por ahora, durante este prolongado periodo de «limpieza», también es su mayor argumento de venta.
Netanyahu ya se ha enfrentado al problema de los partidos pequeños y está intentando atajarlo de raíz una vez más. Sin embargo, las circunstancias han cambiado radicalmente desde el 7 de octubre, y su éxito esta vez podría ser más limitado.
Winter apuesta a que la ciudadanía anhela un nuevo comienzo. Netanyahu apuesta a que, cuando los votantes acudan a las urnas, el temor a desperdiciar su voto superará su deseo de un cambio.
A dos meses de las elecciones, no está nada claro qué apuesta se impondrá.
Fuente: JPost- Traducido por UnidosxIsrael
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