En un recorrido entre las zonas israelíes atacadas por Hizbulá, los testimonios evidencian la realidad de vivir bajo una tregua muy frágil. Por Sal Emergui

Maria Nehbas, en su kibutz cerca de la frontera. Sal Emergui
Por Sal Emergui
«Cuando era una niña en Kiryat Shmona en los 60 pensé que mis hijos no crecerían bajo ataques de proyectiles como yo. No fue así. Luego pensé que quizá los nietos no lo harían, pero también tuvieron que sufrirlo y crecer entre sirenas y proyectiles», lamenta la israelí Eti Hai Davidi en un español que, como si fuera un tesoro, conserva de su Tánger natal y de su padre y abuelos nacidos en Barcelona. Al igual que ella, Sergio Helman, María Nehbas Manrique y Rachel Fein viven en localidades fronterizas con Líbano. Eso significa paisajes que cortan el aliento pero también proyectiles de Hizbulá que pueden destrozar casas y vidas. El alto el fuego entre Israel y la milicia proiraní solo existe en el anuncio de Estados Unidos hace dos semanas.
El recorrido de EL MUNDO empieza en Kiryat Shmona, a menos de cuatro kilómetros de la frontera y blanco de los proyectiles desde hace décadas. Bien lo sabe y padece Eti Hai Davidi que vive en esta ciudad desde 1963 cuando, a los 9 años, vino con su familia de Tánger.
«En la guerra del 67, recuerdo ataques desde Líbano y Siria. Nos pidieron tapar las ventanas para que no hubiera luz y poner pegamento para que los cristales, si explotan, no vayan contra nosotros. Y poner sacos de tierra en la entrada del edificio», explica para admitir: «Dicen que uno se acostumbra, pero no es verdad. Nadie quiere vivir en guerra».
Hace 30 años, Eti y su marido construyeron su casa de tres pisos y algo que desde entonces agradecen cada segundo. Se trata de un refugio subterráneo donde nos muestra una pequeña apertura en la pared que conduce a una escalera de emergencia. «Por si acaso dormimos aquí también ahora porque no hay tregua. Desde el inicio de la guerra, vives con miedo, sobre todo cuando anochece, porque no sabes cuándo será ni cuándo puedes salir de casa», comenta.
«Una pareja de vecinos solían pasear con sus perros y yo salía para darle agua. Les avisaba que era peligroso y me contestaban que todo bien. El impacto del proyectil sobre ellos fue terrible y los asesinó», cuenta. Pero su principal temor es una infiltración terrorista.«El ejército está allí, pero Hizbulá tiene muchos túneles», asegura.
Muchos israelíes exigen a su Gobierno que haga caso omiso al presidente estadounidense Donald Trump y reanude la ofensiva a gran escala para «acabar con Hizbulá». «No es posible acabar totalmente con ellos. El gobierno libanés deberá ser fuerte ante Hizbulá pero no lo es. La solución es negociar», sentencia. Curtida en mil batallas, está convencida de que «la continuación de la guerra no nos dará nada. Solo más soldados nuestros muertos. En las guerras, nadie gana. Los libaneses también quieren vivir en paz. El problema es que Hizbulá no quiere. Y pregunto por qué. También allí hay mujeres, niños que quieren vivir. A mí me encantaría viajar y tomar café en Beirut, que dicen es una ciudad increíble».
De Kiryat Shmona, subimos a Metula. Aunque no es atacada de forma insistente como entre el 2 de marzo (cuando Hizbulá inició la escalada en apoyo de Irán bajo ofensiva israelí-estadounidense) y el 16 de abril, el enclave más cercano al Líbano sigue apareciendo en los telediarios y no precisamente por su conocido festival de poesía.
«Aquí es muy peligroso porque vivimos en la frontera. A veces el impacto se registra antes de la sirena», afirma Fein en Metula desde hace 17 años. Tras ser evacuada junto a su madre y el resto de habitantes tras el ataque del 7 de octubre del 2023, regresaron bajo la promesa de sus líderes de que la amenaza de Hizbulá fue reducida. Su madre, minusválida, no quiere estar en el cuarto de seguridad por lo que depende de la puntería de Hizbulá y del escudo defensivo israelí. «Lo que pase, pasará», comenta a su hija.
«No se puede hacer la paz con los terroristas de Hizbulá. Muchos libaneses también quieren paz pero su gobierno tiene miedo de Hizbulá que incumplió el acuerdo según el cual debía estar en el norte del Litaní lejos de nuestra frontera», concluye.
Recorriendo la línea fronteriza, llegamos a un establecimiento de humus. La bandera argentina desplegada junto a la israelí insinúa el origen de su dueño. La confirmación llega con el acento en hebreo de Helman cuando bromea con clientes que buscan saciar el hambre y la angustia con humus y tahina. «Mi trabajo es esencialmente dar una media de hora de tranquilidad y el mejor humus hecho con amor. Y dar un fuerte abrazo de agradecimiento a cada soldado que entra», comenta en su local, que mantiene abierto desde diciembre del 2023.
«Cuando empecé no sabía que me iba hacer muy bien que yo hago bien a los demás. Tengo experiencia de guerras anteriores», dice lamentando que «estos dos años y medio nos puso unas pesas muy grandes en el alma y cuerpo y quizá nos quitó la capacidad de soñar».
A la semana siguiente de emigrar de Buenos Aires a Israel en 1983, Helman empezó a trabajar en el mercado HaCarmel de Tel Aviv. «Hacía churros con dulces de leche. Los medios informaban del fin de la primera guerra en Líbano y nombraban a los caídos», añade.
«Cuando escucho la salida del cohete, corro rápido al refugio de aquí fuera. Tengo cinco hijos y debo ser responsable. A todo el que entra le recuerdo que si hay sirena, tiene que salir al refugio», aclara apuntando con el dedo el impacto de un proyectil a pocos metros.
Las sirenas ante proyectiles y drones desde Líbano se suceden con menor frecuencia de la misma forma que los ataques de Israel contra Hizbulá son más limitados (por exigencia de Trump) mientras sus tropas controlan las zonas ocupadas en el sur del Líbano sin dar visos de una próxima retirada como exige el Gobierno de Beirut.
Antes de dar una sesión de preparación para maratones, Nehbas nos recibe en el Kibutz Gesher Haziv. Nacida en Cartagena (Colombia), conoció a un israelí en EEUU y tras casarse y convertirse al judaísmo, se instaló en 2003 en esta comunidad a cinco kilómetros de la frontera.
Un proyectil alcanzó una casa situada a 350 metros. «Gracias a Dios los que viven allí corrieron al refugio. Mi esposo e hijas lo toman con normalidad y yo soy la que tiene un poco de miedo», admite. La mayor angustia para esta instructora deportiva ocurre cuando fusiona su trabajo y hobby. «Una vez estábamos corriendo con un grupo y yo me fijaba todo el tiempo en el cielo. De repente vi dos luces pequeñitas. Les dije que pararan porque creía que eran dos misiles. Hubo sirena. Miramos atrás y vimos un misil israelíque salía para neutralizarlos. Y nosotros en medio como estatuas. Nos tiramos al suelo y me puse a llorar. Tuve una hiperventilación», recuerda.
«Esta es la peor guerra que he vivido porque nunca me había imaginado tanta maldad y odio hacia Israel como lo se vio en el ataque de Hamas del 7-O. Hasta entonces, vivía en un país relativamente tranquilo, más que Colombia», señala Nehbas destacando «las buenas relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes en el norte».
En la guerra en 2006, le fue más fácil aunque estaba embarazada y no había Cúpula de Hierro. «El embarazo te convierte en una mujer más fuerte porque tienes que cuidar de tu bebé. Además, no entendía muy bien el hebreo por lo que no estaba tan involucrada y no entendía muy bien lo que pasaba», razona.
«Ojalá lleguemos a un acuerdo de paz. Me encanta la gente libanesa y sé que los habitantes del sur de Líbano lo han pasado muy mal y muchos tuvieron que irse de sus casas en las zonas donde estaba Hizbulá durante la guerra», comenta con pesar. «De momento es un falso cese al fuego porque Hizbulá e Israel se siguen atacando. Ellos atacan nuestras poblaciones cuando quieren. En cualquier momento puede disparar un misil contra aquí como ahora mismo que estamos hablando», dice mirando al cielo.
Fuente: ElMundo
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