Análisis: Tres años después de la masacre, las FDI están reconfigurando su doctrina en torno a una lección central: no solo prevenir la sorpresa, sino ser capaces de combatir a pesar de ella, contando con mayor profundidad, reservas e inteligencia, así como con una respuesta más rápida en todos los frentes.

Tres años después del 7 de octubre, las FDI presentan una extensa lista de cambios en su doctrina de seguridad, preparación operativa y desarrollo de capacidades. Más tropas, más reservistas, mayor profundidad estratégica, más inteligencia, mayor potencia de fuego y más ejercicios diseñados para poner a prueba al ejército en escenarios donde el enemigo logra el factor sorpresa.
Pero antes de dejarse impresionar por la lista, hay que recordar un hecho sencillo: hace tres años, las FDI eran una de las fuerzas militares más poderosas del mundo, con algunas de las capacidades de inteligencia más avanzadas del planeta, una fuerza aérea potente, unidades de operaciones especiales, una sofisticada barrera fronteriza, sistemas de vigilancia y tecnología de sobra. Y, sin embargo, el 7 de octubre todo se derrumbó.
Por eso, la prueba de fuego para los cambios que las FDI presentan hoy no radica en el número de nuevas unidades creadas ni en la cantidad de nuevos puestos de avanzada construidos. La verdadera prueba llegará la próxima vez que un enemigo intente sorprender a Israel. ¿Lograrán las fuerzas armadas identificar la amenaza a tiempo? ¿Llegarán las tropas con mayor rapidez? ¿Comprenderán los comandantes la situación con la celeridad necesaria? ¿Se tomarán decisiones antes de que los acontecimientos se descontrolen?
Esa es también la lógica que subyace a una de las lecciones clave que promueve el Jefe del Estado Mayor de las FDI, el teniente general Eyal Zamir: no solo tratar de evitar ser sorprendidos, sino también ser capaces de combatir eficazmente incluso cuando se produce dicha sorpresa.
Puede parecer obvio, pero en la práctica representa un cambio significativo. Durante años, la doctrina defensiva de Israel se basó en una combinación de alertas de inteligencia, barreras físicas, recopilación de información y superioridad tecnológica. El 7 de octubre puso de manifiesto los límites de ese enfoque.
El problema no fue solo la ausencia de alertas. Existía también un problema más profundo: el ejército no estaba estructurado adecuadamente para la posibilidad de que el escenario en el que había basado sus preparativos no fuera el que finalmente se desarrollara.
Las FDI intentan ahora corregir esta situación aumentando la preparación y las reservas, realizando simulacros sorpresa, ensayando escenarios extremos, reduciendo los tiempos de respuesta y preparando planes de fuego con antelación.
Sin embargo, también aquí es necesaria la cautela. Un ejército puede ensayar situaciones de sorpresa docenas de veces y, aun así, verse sorprendido por el único escenario que nunca pensó en practicar.
No hay que esperar a que el enemigo llegue a la valla.
Los cambios adoptan formas distintas en cada escenario.
En Gaza, las FDI han pasado de un concepto de defensa fronteriza a uno de configuración del territorio situado más allá de la frontera. Tras el alto el fuego y la conclusión de la operación «Carros de Gedeón», las FDI controlan alrededor del 64 % de la Franja de Gaza. Mantienen el control de rutas clave, operan puestos de avanzada y posiciones, y prosiguen los esfuerzos para localizar y neutralizar infraestructuras subterráneas en las zonas bajo su control.
Esto supone un cambio radical respecto a la doctrina vigente antes del 7 de octubre. Por aquel entonces, se partía de la premisa de que las FDI debían defender la frontera y entrar en la Franja cuando fuera necesario. Hoy en día, una parte importante del concepto defensivo consiste en retener territorio más allá de la frontera e impedir que Hamás se restablezca en las proximidades.
Pero, también en este caso, la cuestión no es solo cuánto territorio se retiene. La cuestión es cuánto tiempo puede mantenerse, a qué coste y con cuántos efectivos.
En el Líbano, la lección consiste en crear profundidad.
Las FDI operan ahora bajo la premisa de que es un error esperar a que las fuerzas Radwan o las capacidades de fuego de Hezbolá permanezcan cerca de la frontera. Se ha establecido una zona de seguridad de unos 10 kilómetros, acompañada de acciones destinadas a alejar la amenaza e impedir que Hezbolá pueda restablecerse allí.
Este es también un cambio fundamental: en lugar de que las comunidades israelíes constituyan la primera línea, se busca que la zona situada más allá de la frontera se convierta en la línea de defensa avanzada.
En Siria se ha establecido una zona de seguridad más profunda, que se extiende hasta unos 15 kilómetros, partiendo de la premisa de que la amenaza no termina en la valla fronteriza.
Tras la caída del régimen de Asad y los cambios regionales, las FDI han tenido que reevaluar el escenario sirio y la posibilidad de que surjan nuevas amenazas desde allí. La decisión de mantener territorio y crear profundidad busca otorgar a las FDI más tiempo de reacción y mayor margen de maniobra. Sin embargo, esto conlleva un coste evidente: cuanto más territorio controla el ejército en más frentes, más tropas debe desplegar y más reservas debe mantener.
En Cisjordania, el cambio es de otra índole. Allí, las FDI han pasado en gran medida de operaciones antiterroristas puntuales a campañas destinadas a desmantelar la infraestructura terrorista e impedir su reconstrucción. Las operaciones en Yenín, Tulkarem y Nur Shams se han convertido en campañas más sostenidas, que implican mayores efectivos y un esfuerzo por alterar la realidad operativa en los campos de refugiados.
El hecho de que el Jefe del Estado Mayor haya añadido otro cuartel general de división en Cisjordania también refleja este cambio. Ahora operan dos divisiones en Gaza, el Líbano y Cisjordania en lugar de una, y Cisjordania ya no es el mismo escenario que antes del 7 de octubre. El tamaño de la población, el terreno, las amenazas y la magnitud de la actividad operativa han generado la necesidad de contar con más fuerzas y estructuras de mando.
En todos los frentes se repite la misma idea: no esperar a que el enemigo llegue a la valla o a la comunidad, sino crear un espacio donde se le pueda identificar, detener y combatir antes de que alcance ese punto.
Pero es precisamente aquí donde surge la cuestión del coste.
Una mayor profundidad implica más tropas. Más puestos avanzados requieren más personal. Más reservas implican más reservistas. Una mayor capacidad ofensiva exige más municiones, inteligencia y presupuesto.
Y esta es una de las mayores contradicciones de las FDI tras tres años de guerra: por un lado, buscan disponer de más fuerzas en todos los escenarios; por otro, se enfrentan a un agotamiento extremo y a una escasez de personal.
Un análisis crítico de los cambios
Los cambios también abarcan el fortalecimiento de las fuerzas. Se han establecido nuevos marcos organizativos, se han incorporado batallones, se han creado unidades de respuesta rápida, se han ampliado las capacidades de drones y aeronaves pilotadas a distancia, se han reforzado la recopilación de inteligencia y la potencia de fuego, y se han constituido nuevas estructuras para dotar de mayor solidez a los propios sectores.
Desde el inicio de la guerra, se han sumado unos 40.000 reservistas a las filas militares, decenas de miles han sido reasignados, se han incorporado cerca de 30 batallones al orden de batalla operativo y el servicio militar obligatorio se ha ampliado a 32 meses.
Es una lista impresionante. Pero también aquí es importante recordar lo que esta lista revela más allá del logro en sí: las FDI anteriores al 7 de octubre sencillamente no estaban diseñadas para la guerra en la que se vieron envueltas.
Tres años de combates obligaron a aumentar los efectivos, prolongar el servicio, ampliar las reservas y crear unidades que antes no existían. Algunas de estas medidas son fruto del éxito y de las lecciones aprendidas; otras corrigen deficiencias que solo salieron a la luz una vez iniciada la guerra. Por ello, es prematuro hablar de una nueva doctrina de seguridad como un producto acabado.
Lo que presenciamos hoy es, en la práctica, un intento de gran envergadura de las FDI por reconstruirse: aspiran a ser una fuerza militar capaz de afrontar situaciones imprevistas, una guerra en múltiples frentes y enemigos que buscan atacar el frente interno, todo ello mientras mantienen el control de zonas capturadas a largo plazo y preservan la operatividad de sus fuerzas.
La lección más importante del 7 de octubre no es simplemente que el ejército necesita más tanques, más soldados o más puestos de avanzada. La lección es que un ejército no debe enamorarse de su propia doctrina.
Hace tres años, las FDI estaban convencidas de saber cómo sería la próxima guerra. El enemigo demostró que se equivocaban.
Por eso, hoy también es preciso analizar estos cambios con espíritu crítico. Hasta que no se vean sometidos a la prueba de un nuevo imprevisto, será imposible saber si representan una transformación profunda o una mera corrección de los fallos que quedaron al descubierto en la guerra anterior.
En última instancia, una doctrina de seguridad no se pone a prueba en documentos, presentaciones o en el número de unidades creadas. Se pone a prueba en el momento en que la inteligencia indica una cosa, el enemigo hace otra y todo el sistema debe comprenderlo en cuestión de minutos.
Ahí es donde las FDI fallaron hace tres años. Y ahí es exactamente donde tendrán que demostrar que, esta vez, han aprendido.
Fuente: Ynet- Traducido por UnidosxIsrael
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