En un año marcado por el dolor, la liberación de los rehenes y un antisemitismo global en ascenso, Janucá nos invita a recuperar la fuerza que siempre nos sostuvo: transformar la oscuridad en luz y la memoria en acción.

Por Marina Rosenberg*
Este año, al encender las velas de Janucá, la luz parece más densa. No solo ilumina, también revela. Revela el cansancio acumulado, la herida que aún no cicatriza y un alivio que, aunque necesario, sigue siendo incompleto.
La liberación de los últimos rehenes israelíes vivos nos trajo un respiro que muchos descreían posible. La frase misma –“los últimos rehenes fueron liberados”– suena milagrosa. Pero en cada hogar donde hoy se agradece por su retorno, también hay un silencio que pesa: el silencio por quienes no regresaron y el de un pueblo que todavía intenta comprender cómo, en pleno siglo XXI, se tuvo que rogar por la libertad de judíos secuestrados solo por ser judíos.
En el calendario, Janucá llega como una pausa imprescindible. Una invitación a ampliar la mirada y a contemplar no solo la urgencia del presente, sino la profundidad de nuestra historia. Nos recuerda que el pueblo judío siempre ha atravesado momentos de oscuridad y que su fortaleza nunca residió en negarlos, sino en transformarlos en luz.
El milagro original no fue únicamente el aceite que ardió más de lo esperado. El verdadero milagro fue la decisión de encenderlo en medio de las ruinas, de reconstruir el Templo sin certezas, sin garantías, movidos únicamente por la convicción de que la luz merece ser defendida. Esa misma determinación –esa terquedad luminosa– es la que ha sostenido al pueblo judío a lo largo de los siglos.
Hoy, esa llama se expresa de nuevas maneras: en los periodistas que se niegan a ceder ante la desinformación; en los estudiantes judíos que alzan la voz en campus universitarios hostiles; en las comunidades que, incluso con miedo, continúan celebrando, enseñando y transmitiendo su tradición. Porque cada acto de continuidad es una forma de resistencia; un gesto espiritual y político al mismo tiempo.
El antisemitismo no desapareció con la modernidad. Cambió de forma, de lenguaje, de plataforma. Pero también cambiamos nosotros. Ya no respondemos solo desde el dolor: respondemos con intención, con alianzas, con educación y con memoria activa. Eso también es un milagro contemporáneo: haber aprendido a resistir sin renunciar a la humanidad.
Janucá no promete victorias definitivas. Nos recuerda algo más complejo, pero más verdadero: la oscuridad no se vence una vez, sino cada vez. Y aunque los milagros existen, siempre hay una parte importante que depende de nosotros —qué hacemos con la luz que recibimos, a quién se la transmitimos y cómo la protegemos para que siga brillando.
Este año, después de tanto dolor y agotamiento, tal vez el desafío no sea creer en los milagros, sino volver a convertirnos en uno. Volver a mirar la llama y reconocer que, una vez más, sobrevivimos.
Y no solo eso: seguimos encendiendo.
*Marina Rosenberg es la vicepresidenta sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL).
Fuente: ADL
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