ASUNTOS POLÍTICOS: Desde rivalidades dentro de los bloques políticos hasta encuestas que condicionan las decisiones de los votantes y las «líneas rojas» para la formación de coaliciones, cuatro tendencias revelan los desafíos a los que se enfrentará el próximo gobierno de Israel.

Noche tras noche, o al menos en aquellas en las que presenta el noticiero nocturno del Canal 12, Danny Kushmaro introduce el segmento dedicado a las elecciones calificándolas como las más decisivas en la historia de Israel.
Y no es el único. «Las elecciones más importantes de Israel» o «las elecciones más decisivas de Israel» se han convertido en un estribillo de esta campaña.
Esto trae a la memoria un versículo del Eclesiastés (7:10): «No digas: “¿Cómo es que los tiempos pasados fueron mejores que estos?”. Estarías planteando una pregunta poco sensata».
Kohelet advierte contra la idealización de los «buenos viejos tiempos». De ello se desprende una lección para las elecciones del martes: no demos por sentado que estos comicios son más decisivos o importantes que todos los anteriores. Sería una suposición poco sensata.
Además, parece que decimos lo mismo de casi todas las elecciones.
¿Qué hay de las elecciones de diciembre de 1973, dos meses después de la Guerra de Yom Kipur? ¿Acaso no fueron cruciales? ¿No fueron trascendentales las elecciones de 1977, que cambiaron para siempre el panorama político del país y llevaron a Menachem Begin al poder? ¿Y qué decir de las elecciones de 1996, apenas unos meses después del asesinato de Itzjak Rabin? ¿O de la victoria de Ariel Sharon sobre Ehud Barak en 2001, en un momento en que el proceso de paz con los palestinos se desmoronaba y la Segunda Intifada cobraba fuerza?
Cada elección parece ser la más trascendental e importante de todas. La más importante de la historia.
Pero hace falta perspectiva.
Cómo las elecciones «trascendentales» convierten las batallas políticas en guerras existenciales.
¿Y por qué es esto importante? Porque calificar una elección como la más importante y trascendental de la historia transforma la competencia política —la pugna entre los bloques a favor y en contra de Netanyahu— en algo nada menos que existencial. La derrota deja de verse como un contratiempo que puede corregirse en la próxima ocasión; en cambio, empieza a percibirse como algo que el país no podría sobrevivir.
Y eso puede dificultar la aceptación de los resultados.
Ahí reside el problema.
Desde que Naftali Bennett formó su gobierno en 2021, Israel se ha enfrentado a un dilema que va más allá de quién debe gobernar: se ha planteado si el bando perdedor permitirá que el otro gobierne.
Incluso antes de que el gobierno de Bennett prestara juramento, el primer ministro Benjamin Netanyahu calificó su formación como «el mayor fraude electoral». Se refería a promesas de campaña incumplidas, no a votos robados. Sin embargo, el mensaje presentó a un gobierno formado legítimamente a través del proceso parlamentario como fraudulento y, por tanto, ilegítimo.
Desde el momento en que el gobierno de Bennett asumió el cargo, la oposición trabajó incansablemente para derribarlo. El escenario principal fue la Knéset, donde la escasa mayoría de la coalición hacía que cada votación fuera decisiva.
Como resultado, la oposición llegó a votar en contra de leyes que, en realidad, apoyaba, con la convicción de que hacerlo debilitaría al gobierno. En unas grabaciones publicadas en mayo de 2022, la diputada del Likud, Miri Regev, justificó el voto en contra de medidas que beneficiaban a los soldados y a grupos vulnerables, argumentando que el objetivo primordial era derrocar a la coalición. El gobierno pasó gran parte de su breve existencia luchando por su supervivencia.
Luego, Netanyahu ganó las elecciones de 2022 y formó su gobierno de extrema derecha. De repente, la situación dio un vuelco.
Yair Lapid reconoció su derrota electoral y organizó una transición ordenada. Sin embargo, a medida que la oposición a la reforma judicial sacaba a multitudes a las calles, el discurso sobre la ilegitimidad volvió a aparecer.
Por ejemplo, durante una manifestación multitudinaria en Tel Aviv en abril de 2023, el exdirector del Shin Bet (la Agencia de Seguridad de Israel), Yuval Diskin, afirmó que, si bien el gobierno había sido elegido legalmente, carecía de legitimidad moral debido a su «composición atroz y sus acciones reprobables».
Para agosto, los líderes de las protestas de Kaplan también calificaban al gobierno de ilegítimo, en medio de interrogantes sobre si Netanyahu acataría al Tribunal Superior. Una vez más, la distinción entre combatir las políticas de un gobierno y negar su legitimidad comenzaba a desdibujarse.
¿Tendrá margen para gobernar el próximo gobierno de Israel?
Esto deja una interrogante sobre la votación del martes: ¿tendrá el gobierno que resulte elegido el margen necesario para gobernar, tanto en la Knéset como en las calles?
Calificar estas elecciones como «las más decisivas de la historia» difícilmente ayuda a preparar el terreno para ello.
Si se dice a los votantes que el futuro del país —e incluso el del pueblo judío— está en juego, aceptar la derrota resulta mucho más difícil.
¿Son trascendentales estas elecciones? Por supuesto. También lo fueron muchas de las anteriores. Pero, en esta coyuntura crítica, el país también necesita aceptar los resultados y convivir con ellos. Israel necesita desesperadamente un gobierno al que se le permita gobernar.
Aceptar el resultado no implica apoyar al próximo gobierno, renunciar a la oposición ni abstenerse de protestar. Del mismo modo, ganar unas elecciones no otorga a un gobierno un cheque en blanco.
Sin embargo, oponerse a las políticas de un gobierno es algo muy distinto a considerar que su propia existencia es ilegítima. Hay una diferencia entre trabajar para reemplazar a un gobierno y, desde el primer momento, intentar que sea imposible gobernar.
Esa distinción debe mantenerse, independientemente de qué bando resulte ganador.
Exacerbar la importancia de lo que está en juego puede atraer a los votantes a las urnas, pero también puede provocar algo que el país no se puede permitir: dificultar que, tras los comicios, el bando perdedor acepte los resultados y permita gobernar a los vencedores.
Esta es una de las conclusiones que deja esta campaña. Aquí van otras tres.
Las batallas más encarnizadas de las elecciones se libran dentro de los bloques
A pesar de que estas elecciones han sido calificadas como las más decisivas de la historia, la campaña ha sido relativamente moderada: no ha habido debates televisados entre los principales candidatos ni grandes mítines al aire libre. Gran parte de la actividad se ha centrado en vídeos para redes sociales, entrevistas y filtraciones a la prensa.
Además, algunos de los enfrentamientos más intensos han tenido lugar dentro de los propios bloques: Netanyahu frente a Ofer Winter, Gadi Eisenkot frente a Avigdor Liberman.
En el bloque contrario a Netanyahu, tres candidatos que se consideran a sí mismos aptos para ocupar la jefatura del gobierno —Eisenkot, Bennett y Liberman— se han lanzado pullas entre sí de forma recurrente. Todos comparten el objetivo de reemplazar a Netanyahu, pero cada uno aspira a ser quien lo logre. Sin embargo, la pugna más intensa se ha librado en el sector de la derecha, donde Netanyahu y Bezalel Smotrich —líder del Partido Sionista Religioso— han dedicado un esfuerzo considerable a intentar convencer a Winter y a su formación, «Pueblo de Israel», de que retiren su candidatura.
La preocupación declarada tiene que ver con el umbral electoral: si Winter no logra superar la barrera del 3,25 %, los votos —procedentes en su inmensa mayoría de la derecha— no se traducirán en escaños.
Un ejemplo aleccionador es lo ocurrido en abril de 2019, cuando el partido «Nueva Derecha» —liderado por Bennett y Ayelet Shaked— se quedó a las puertas de alcanzar el umbral electoral. De haberlo superado, Netanyahu habría podido formar una coalición y el país se habría ahorrado la vertiginosa espiral de elecciones repetidas.
Pero Winter también plantea a Netanyahu un desafío incómodo desde dentro de su propio espectro político.
Los partidos contrarios a Netanyahu sostienen que este gobierno ha fracasado: no logró evitar el 7 de octubre ni alcanzar los objetivos declarados tras esa fecha, pues Hamás, Hezbolá y el régimen iraní siguen en pie. Netanyahu puede despachar estas acusaciones calificándolas como las habituales críticas de sus adversarios.
Sin embargo, resulta más difícil hacerlo cuando es Winter quien lanza un mensaje similar desde la derecha.
El énfasis de Winter en las caras nuevas —en su lista no figura nadie que haya formado parte de la Knéset anteriormente— refleja su convicción de que la cúpula política asociada al 7 de octubre debe ser reemplazada. Su crítica no solo abarca a toda la Knéset, sino que también cuestiona la pretensión de Netanyahu de ser el líder mejor preparado para garantizar la seguridad del país.
Por tanto, la cuestión no se limita a si Winter desperdiciará votos de la derecha; se trata también de si logrará convencer a los votantes de derecha de que sus propios líderes han fracasado.
Mientras que el rival del otro lado del espectro político cuestiona tus políticas, el rival de tu propio bando cuestiona tu legitimidad para representar a ese mismo sector.
Las encuestas no solo miden las elecciones en Israel; también contribuyen a configurarlas.
Se supone que las encuestas sirven para medir la opinión pública; una buena encuesta refleja lo que piensa la ciudadanía.
En esta campaña, no obstante, las encuestas no se limitan a reflejar la opinión: ayudan a moldearla. Y el umbral electoral de Israel les confiere, en este sentido, un poder especial.
Es bien sabido que los israelíes detestan ser «freiers» —es decir, sentirse engañados o tomados por tontos—. Nadie quiere votar a un partido que no alcance el umbral del 3,25 % y se quede sin representación, ya que los votantes sentirían —y, de hecho, se les dice constantemente— que han desperdiciado su voto.
Por ello, los electores esperan a ver si las encuestas indican que el partido de Winter —o el de Yoaz Hendel y Yaron Zelekha— supera el umbral electoral antes de decidir si les brindan su apoyo. Si parece probable que un partido supere el umbral necesario, los electores podrían votarlo; de lo contrario, buscarán otras opciones.
El resultado es un proceso circular: los votantes consultan las encuestas para determinar si un partido es viable, mientras que la viabilidad de dicho partido depende, a su vez, de si los electores deciden votarlo.
Una encuesta que sitúa a un partido pequeño por debajo del umbral puede ahuyentar precisamente a los votantes que, de otro modo, habrían permitido que alcanzara dicho umbral. Por el contrario, una encuesta que lo sitúa por encima puede brindar a los simpatizantes indecisos la confianza necesaria para emitir su voto a su favor.
En este punto, las encuestas hacen algo más que reflejar la opinión pública: la moldean.
Su influencia también se extiende a las opciones disponibles en la papeleta electoral. La retirada de Benny Gantz esta semana se produjo tras conocerse encuestas que situaban sistemáticamente a su partido por debajo del umbral. Asimismo, la incipiente formación liderada por Gilad Erdan y Yuli Edelstein se retiró antes de que se cerraran las listas, en un contexto marcado por sondeos similares.
Las encuestas son fundamentales en los procesos electorales. El problema surge cuando empiezan a determinar el resultado de dichas elecciones.
Los medios de comunicación —tanto la radio y la televisión como la prensa escrita— se han llenado de entrevistas a los candidatos. Netanyahu, Eisenkot, Lapid, Winter… todos están teniendo su espacio.
Y a todos se les plantea, de una forma u otra, la misma pregunta: ¿con quién se niegan a formar una coalición?
Es una pregunta natural y legítima. Los votantes tienen derecho a saber qué tipo de gobierno podría surgir gracias a su voto.
Sin embargo, exigir respuestas tajantes empuja a los candidatos a asumir compromisos antes de conocer la aritmética parlamentaria con la que tendrán que trabajar.
Si un candidato «X» promete que jamás formará coalición con el partido «Y» o con el candidato «Z», y luego hace precisamente eso, la grabación de su promesa se reproducirá una y otra vez, sin descanso. El candidato será tachado de mentiroso.
El ejemplo más claro es el compromiso que Bennett firmó antes de las elecciones de 2021, en el que prometía no permitir que Lapid fuera primer ministro —ni siquiera mediante un sistema de rotación— y no formar un gobierno que dependiera de Mansour Abbas. Pues bien, más tarde formó, precisamente, un gobierno de esas características.
¿Incumplió una promesa electoral? Evidentemente. Pero su defensa fue que los resultados de las elecciones le obligaban a elegir entre romper esa promesa o abocar al país a una nueva convocatoria electoral. Así pues, he aquí una fórmula para entender la política: los políticos no rompen promesas; simplemente se encuentran con que las circunstancias han cambiado.
Esa frase podría provocar una sonrisa cómplice, pero plantea una cuestión seria: un gobierno de coalición exige llegar a acuerdos, y los resultados electorales determinan qué concesiones serán necesarias.
Si todos se aferran a cada veto planteado durante la campaña, el país podría terminar con muchas promesas intactas, pero sin gobierno durante un periodo muy prolongado. Los políticos deberían dejar margen para la negociación antes de las elecciones, en lugar de hacer promesas categóricas que, por el bien del país, tal vez deban abandonar más tarde.
Cambiar de rumbo no implica necesariamente una falta de carácter. A veces, es precisamente lo que diferencia a un gobierno funcional de una nueva serie de elecciones sin resultados claros.
Fuente: JPost- Traducido por UnidosxIsrael
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